jueves, 14 de mayo de 2015

La inmigración en el Mediterráneo no es tal, es una crisis humanitaria

¿Sabías que en 2014 llegaron a Europa un total de 440.000 personas de países empobrecidos o en guerra, y que 252.000 de ellas fueron retornadas a sus países de origen después de juicios rápidos? Eso significa que se quedaron en Europa menos de 200.000 personas, que significa un 0,04% de la población europea.

¿Sabías que Canadá tiene una política de cupo migratorio de un 1% anual sobre su población?  ¡Hubiera supuesto la integración de 5 millones de personas! ¿Sabías que -a pesar de las continuas alertas de los telenoticias- en 2015 han llegado a Europa un total de 50.000 personas? Dicho esto, ¿cópmo es que hay un sentimiento bastamnte generalizado de desbordamiento, de alud migratorio, y se habla de inmigración cuando habría que hablar de crisis humanitaria, porque se trata sobre todo de una crisis humanitaria de proporciones gigantescas?

Hay, según muchos indicios, diversas causas e intereses que la ciudadanía concienciada debería desvelar. En primer lugar, hay un problema importante de percepción sobre la inmigración. Según un estudio publicado en The Guardian, España es el cuarto estado en el mundo donde la percepción sobre la inmigración es más errónea: se piensa, por ejemplo, que la población musulmana es del 13% sobre el total, cuando en realidad es del 2%. Esta percepción errónea comndiciona mucho cualquier debate, porque introduce factores como el miedo a aquello que es distinto, desconocido y potencialmente "invasivo", lo cual dificulta abordar con serenidad un tema (la integración social de la población recién llegada) de humanidad y de justicia global, y lo convierte en un tema de seguridad interior. Eso es lo que están haciendo, por ejemplo, los dirigentes de la Unión Europea que escamotean el verdadero debate humanitario para esconder nuestras vergüenzas colectivas. 

El segundo error interesado -éste más dramático- es hablar de inmigración y no de crisis humanitaria. A pesar de que la brecha económica entyre el norte y el sur del Mediterráneo es mayor que en cualquier otro lugar del mundo (una proporción de ingresos de 7 a 1 por el mismo trabajo entre África y el sur de Europa), en estos momentos la población africana sabe que en Europa hay muchos menos puestos de trabajo vacantes que hace unos años y 9 de cada 10 africanos emigran de sus países hacia países vecinos, y solamente 1 de cada 10 lo hace a Europa. Hoy la llegada masiva por mar a Europa se da de países en conflicto (Síria, Iraq, Somalia, Libia, Eritrea, Yemen...), donde hay más de cinco muillones de desplazados internos y refugiados que no tienen ese estatuto reconocido.

Mientras tanto, los dirigentes de la vieja Europa siguen tratando el tema como un problema de inmigración económica, con una conducta que podemos tachar de criminal si atendemos al hecho de que se trata de fugitivos de guerra, familias enteras que se juegan la piel en un éxodo incierto y cruel. Familias que llenan el Mare Nostrum de muertos y lo convierten en el Mare Mortum de nuestra vergüenza.

¿Qué podemos hacer, o mejor, qué debemos hacer de forma urgente? De entrada, promover un acuerdo internacional que aseguri los derechos de los refugiados, que asegure a las poblaciones el derecho a huir de un conflicto armado y a tener el estatuto de refugiados.

¿Cómo hacerlo? Manteniendo abiertas las fronteras de todos los países de la zona (en estos momentos, especialmente Jordania, Iraq y Turquía) , con el compromiso de Occidente de financiar la estancia provisional de la población refugiada, asegurando la seguridad de los campos de refugiados y facilitando un proceso de identificación de las personas para proporcionarles el estatuto internacional de refugiados de guerra a aquellas que no sean combatientes. 

Mientras no hagamos eso, en lugar de hablar de destruir barcos y perseguir quimeras con grandes discursos, tenemos una responsabilidad criminal con cada una de las personas que mueren en el mar huyendo de su desgracia. Si no los queremos en Europa, facilitemos que puedan vivir en países próximos hasta su regreso a casa. Se hizo en 1988 en Camboya y se puede hacer ahora. Se tiene que hacer ahora, sin esperar más.

miércoles, 25 de febrero de 2015

¿Dónde queda la Europa de los ciudadanos?

La dura postura del gobierno español -casi malcarada- en la negociación de la deuda de Grecia me lleva a hacer algunas reflexiones que me parecen pertinentes, en estos momentos en los que hay bastante desencanto con el proyecto de unidad europea entre amplios sectores de la ciudadanía.

Constato, en primer lugar, que la Europa de los ciudadanos ha cedido otra vez el protagonismo a la Europa de los mercaderes. Sabemos que el Mercado Común nació antes que la Unión; sabemos también que la UE es un club donde se toman decisiones en función de intereses 'nacionales' (estatales) -algunas, como la política agraria- i de intereses de las grandes empresas -la mayoría-. Pero con el Tratado de Maastrich y el de Lisboa nos habían dicho que avanzábamos también en la homologación de derechos, de libre circulación de personas y en unos mínimos comunes en políticas sociales. Esta negociación olvida el principio, y el rescate de cuatro países del Sur de Europa ha demostrado claramente que las medidas que se toman no favorecen la cohesión social ni el bienestar de la población sino que se orientan únicamente a la continuidad del sistema neoliberal y la estabilidad financiera como si se tratara de un mantra inviolable.

Pero todavía hay más: los adalides españoles del sistema, los mismos que dicen que el sistema universitario español es insostenible -como si el acceso mayoritario a la universidad se pudiera asegurar mejor en un sistema privado, costeado por cada cual-, ponen el grito en el cielo porque Grecia pone dificultades a devolver "a cada español los 600 euros que les ha prestado". O sea, no nos fijamos en las condiciones del préstamo, ni en las razones inmediatas que llevaron a tomarlo (en buena parte egoístas para la propia Europa monetaria), ni en las consecuencias de la inflexibilidad europea para unos ciudadanos europeos, sino que consideramos que es un tributo de exigencia inmediata y sin discusión, caiga quien caiga.

 Y de discusión tiene que haber, y mucha. Me pregunto qué parte del préstamo podría considerarse solidaridad europea y qué parte retorno a los acreedores, mayoritariamente privados, bancos alemanes muchos de ellos. Y habría que abrirse a discutir, también, la mejor forma de retorno de un préstamo para que no profundice la brecha entre pobres y ricos en la sociedad griega y asegure un retorno pausado y seguro, que contribuya a la creación de riqueza en Grecia en beneficio de toda Europa. Si eso supone la quita de una parte de la deuda, bienvenida sea porque no habrá sido ni la primera ni la mayor, aunque "sufran los mercados".

No tenemos que recibir en silencio el menosprecio del ministro de Finanzas alemán hacia la ciudadanía griega, al decir que "han elegido un gobierno irresponsable" porque no quiere seguir al pie de la letgra los dictados de la gran banca., No todo vale y deberíamos proclamarlo alto y claro: los poderosos no pueden laminar la democracia que hemos construido en tantos siglos de convivencia difícil. Cuando el ministro dice eso, es un peón del capital quien habla pero no un servidor público al servicio del pueblo que le dio la confianza. Debnería saber, por boca de la ciudadanía comprometida, que con la democracia no se juega y que estmos dispuestas a defenderla por encima de los intereses del dinero, de cualquier sistema económico y de un sistema de representación que se nos está quedando manco y cojo.

También quisiera considerar por qué razón la transferencia anual de dinero de Cataluña al Estado español recibe el nombre de solidaridad interterritorial (4.000 € por cabeza), y en cambio la transferencia española a los griegos se trata como un tributo a pagar de forma inmediata. ¿No será que esto de la solidaridad, y de los tributos, va por barrios?. En cualquier caso, las maneras abruptas de un ministro de Economía español -que ha saneado su sistema bancario con fondos europeos- me parece lamentable, casi patética. ¿Y si España siguiera con unos tipos de interés muy altos, sería más comprensivo con el gobierno griego?. Seguro que sí ... valiente argumento!

 Y la última reflexión se refiere al gobierno griego. En Europa nos hemos dotado de unos criterios comunes que podemos mejorar, es lícito cambiar e incluso denunciar desde sus fundamentos. Pero hay que hacerlo desde el respeto por todas las posturas y desde una óptica participativa de democracia, la misma que queremos para el futuro común. Me parece que no me equivoco si digo que somos muchos millones los europeos que admiramos el coraje del nuevo gobierno griego para poner las personas en su foco, y especialmente las personas y los colectivos empobrecidops y sus intereses. Que compartimos la idea de que no se puede empobrecer más a un pueblo para retornar una deuda cuyas condiciones se fijan unilateralmente (en este caso trilateralmente entre los banqueros alemanes, el FMI y el Banco Mundial). Pero eso no puede suponer una patente para fijar, también unilateralmente, otras reglas de juego. Por esta razón, con toda mi simpatía les pido la misma flexibilidad que reclaman para todos, con un único límite: evitar cualquier sufrimiento más a las personas pobres de Europa.

miércoles, 14 de enero de 2015

¿El ejército sirve para ocupar las calles de París?

Estos días, después de la bárbara demostración de estupidez inhumana y de terror que han supuesto los atentados de París, nos preguntan a los pacifistas si seguimos pensando que los ejércitos no sirven para la seguridad y si persistimos en nuestra "candidez" de pensar que los conflictos como el terrorismo internacional o el Estado Islámico pueden resolverse mediante el diálogo o por medios pacíficos. 

La pregunta es pertinente, sobre todo a la vista de la exasperante respuesta de los políticos mundiales, que se manifiestan juntos por las calles en nombre de la libertad cuando están a punto de perpetrar un nuevo recorte a las libertades ciudadanas "para nuestro bien y seguridad" (pensando, eso sí, más en la seguridad del statu quo y de los estados que de los ciudadanos). Como cada vez somos más los que pensamos que al “sistema” (poderes económicos, especuladores, libre mercado y clase política) le acaba resultando vergonzantemente útil que haya un poco de terror  para gobernar la cosa –no hay nada tan paralizante como el miedo para justificar falsas seguridades- procuraré responder a la cuestión de forma breve.

1. Es imprescindible que haya fortaleza y unidad en la defensa de las libertades ciudadanas y contra el terrorismo, y no contraponer las primeras (las libertades) al concepto de seguridad. Las sociedades son cada vez más complejas, las relaciones entre grupos, pueblos y países también lo son, y la simplificación de considerar libertad y seguridad como de suma 0 sólo nos llevaría a retornar a civilizaciones de muchos siglos atrás.

2. Ante las diversas formas de barbarie terrorista no hay seguridad absoluta para bienes y personas si se utiliza -como viene siendo habitual- el poder de la fuerza como respuesta. Hay que perfeccionar sistemas de información policial, redes de colaboración y de cooperación de datos, pero siempre y escrupulosamente respectando el estado de derecho, la división de poderes y promoviendo más las libertades individuales y colectivas que nos hacen más humanos, nunca recortándolas en nombre de “una seguridad imposible al 100%”

3. Debemos cambiar ya el concepto de seguridad: una nueva ‘seguridad humana’ ha de contemplar como sujeto a las personas, y no a los Estados. Desde esta perspectiva hay mucho camino a recorrer sin haber de justificar la presencia de los ejércitos en nuestras calles, como estos días estamos viendo en Francia -según nos dicen-- para la tranquilidad de la población. No sé qué tranquilidad nos puede dar saber que las personas depravadas que cometieron los atentados llevaban Kalashnikov de última generación, armas fabricadas y vendidas por las grandes potencias, muy similares a las de los militares que supuestamente nos están "protegiendo" ahora.

4. Hay que ir al fondo de la cuestión. No vale analizar las cosas desde los hechos inmediatos ni hacer falsas simplificaciones. Ni la situación de Oriente Medio (por poner un ejemplo) es sólo fruto de una malísima colonización y descolonización -que también- ni se ha creado el estado Islámico de la noche a la mañana por la obsesión retorcida de unos cuantos ideólogos de una versión del Islam oscurantista. Si queremos tener una pista reciente de un conflicto muy difícil de resolver la podemos encontrar en la gravísima irresponsabilidad de una invasión de Iraq que no resolvió nada (excepto la continuidad en la producción de petróleo y gas para la exportación), y si queremos ir más lejos podemos analizar el sentido de los apoyos interesados de las grandes potencias a las dictaduras como las de los Assad en Siria o Sadam Hussein en sus primeros tiempos, a la creación del Estado de Israel sin asegurar al mismo tiempo la pervivencia  pacífica del Estado palestino, o a la creación del Estado de Jordania como quasi submarino de Occidente en la zona. 

Dicho esto, podríamos concluir dos cosas: que la razón de la fuerza (los ejércitos, las invasiones, la injerencia externa) está agotando su capacidad de solución a cualquier tipo de conflicto -¿la ha tenido nunca?-, y que en la situación actual se impone hacer algo de forma distinta y urgente para frenar un caldo de cultivo mundial lleno de conflictos larvados, luchas de poder, prejuicios entre comunidades, animadversiones varias y situaciones de lesa injusticia. 

¿Y ahora, qué? Pues,probar de hacerlo diferente, desde YA, para llegar a resultados diferentes y mejores. Contra el terrorismo, medidas policiales y de cooperación internacional, pero anteponiendo la voluntad de entendimiento a los intereses económicos, buscando la parte de razón de cualquier adversario y respetándola, arbitrando allá donde sea posible, renunciando a la fuerza bruta, desmilitarizando las ideas y las conciencias, pensando desde una lógica distinta ...  


¿Difícil? Mucho. No quiero negarlo. Siempre lo han sido los grandes retos humanos. Pero si lo que nos preocupa de verdad son la convivencia pacífica y el progreso humano, éste es el camino y no hay otro. Los ejércitos y la fuerza nos han llevado hasta ahora a una mezcla de mundo verde caqui del barro y rojo de la sangre derramada. ¿Queremos más y por mucho tiempo, de sangre y de prejuicios?

jueves, 27 de noviembre de 2014

¡Eso es solidaridad, sí señora!

La primera semana de diciembre entrarán en el Parlament de Catalunya los presupuestos de la Generalitat para el año 2015, que presentan un dato vergonzante y curioso:  destinan poco más de 1 € por habitante a las políticas de fomento de paz, promoción de los derechos humanos y cooperación internacional al desarrollo que gestionará la Agencia catalana de cooperación (ACCD). Sí, has leído bien, un euro por habitante en todo el año.

Para podernos dar cuenta de la ridiculez de esta cifra sólo hay que compararla con alguna otra: Previsiblemente las cifras para el Ministerio de Defensa español 2015 supondrán para cada catalán unos 196 €, la indemnización por el fallido "proyecto Castor" supondrá la aportación de 29 € por ciudadano y el rescate a los bancos españoles ha supuesto ya la contribución inicial -directa y obligada- de 2.219 € per cápita.

Todavía más. Mientras el gobierno catalán habla de destinar 8,5 M€ en 2015 a la cooperación al desarrollo a través de la Agencia responsable, el presupuesto 2013 de Médicos Sin Fronteras fue de 116 M€, el de Oxfam Intermón de 82,9 M€ y el de Educo de 32,5 M€, por citar solamente organizaciones de cooperación con sede central en Cataluña y con una mayoría de fondos provenientes  de donaciones privadas. ¿Eso es hacer política pública de país?

Hace pocas semanas pude visitar un proyectpo de fomento de trabajo estable de mujeres y jóvenes, en el cultivo y comercialización de cacao orgánico en el norte del Perú, en una zona de fuerte migración hacia España cuya población está retornando a su país lo quiera o no. El proyecto ocupa ya a 1.800 famílias rurales de un territorio tan extenso como la comarca del Ripollés, y tiene una alta capacidad de multiplicarse si podemos seguir dando apoyo a las organizaciones locales durante algunos años más. ¿Podremos?

Como este proyecto, he visitado los de otras comunidades en Ecuador y Bolivia, donde ciertamente no necesitan nuestras ideas y discursos, sino nuestro apoyo y nuestra complicidad para tejer una gran red de ciudadanía que se preocupe por los problemas globales, cuando son nuestros o cuando están lejos de casa. La lucha contra las desigualdades, ahora más que en cualquier otra época, no conoce fronteras y ocupa a muchísimas personas de aquí y de allá.

Por ellas, pero sobretodo por nuestra dignidad col·lectiva, reclamamos que la discusión en el Parlament de los presupuestos 2015 incluya una enmienda imprescindible: duplicar la cantidad destinada a cooperación al desarrollo para reducir nuestra vergüenza a la mitad.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

España, un Estado ajado (y 2)

El final de la dictadura franquista y el período de la transición democrática (lo que a menudo se denomina como "la única cosa que se podía hacer en aquel momento") ha traído como consecuencia dos realidades incontestables: un largo peíodo de democracia formal con todos sus méritos, luces y sombras, y también una muy frágil conciencia y praxis democràtica, construída como fue con pies de barro, con las élites franquistas intocables y sin posibilidad de cerrar muchas heridas importantes.

Para explicarlo mejor, tres ejemplos -sacados de la actualidad reciente- de la debilidad de la democracia española y del carácter ajado, rancio y caduco de su Estado.

estas semanas se debate en el Congreso de Diputados un proyecto de Ley para retornar la ciudadanía española a los descendientes de los judíos expulsados de las Coronas de Castilla y de Aragón en 1492 (los llamados sefardíes), siempre que "demuestren conocimiento de la lengua española hablada por ellos". Primer contrasentido e injusticia de una ley, que parece más pensada para atraer dinero que para reparar un mal histórico, al dejar fuera de ella a todas las personas que podrían acreditar conocimiento del catalán hablado por ellos en aquel tiempo, pero no del castellano ladino. Viniendo de un Estado que ha demostrado sobradamente el menosprecio por el artículo 2.2. de la Constitución (la defensa y promoción de los idiomas 'cooficiales' del Estado), deja fuera a todos los descendientes de judíos que vivieron en buena parte del Reino de Aragón en aquellos siglos.

Pero todavía resulta más grave dejar fuera del proyecto de Ley, sin vergüenza ni explicación alguna, a los descendientes de los moriscos que fueron expulsados por el mismo Decreto real y no pueden demostrar que lo son porque hablaban en árabe, castellano o catalán. Hacer una ley a medida para contentar a una minoría de los posibles beneficiarios parece, como mínimo, ridículo y poco inteligente.

El segundo ejemplo lo tenemos cada día en las portadas de los periódicos. Es el festival de corrupción pública, permitida por las instituciones del Estado durante muchos años, de imputacions, desimputaciones, declaraciones y desvergüenza de una parte de la clase política que, con su descarada actuación -más pendientes de caer graciosos que de ser honestos- desprestigia el ejercicio de la política y provoca una desafección ciudadana muy grave y vergonzante. El globo se hincha (Gurtel, los ERO andaluces, el caso Palau, la Generalitat Valenciana, ...), se hincha y se deshincha, dejando la sensación de que todo acabará en aquello que e fútbol se denomina "patada adelante y pasar minutos".

El comportamiento del Estado, de sus representantes, con los altavoces de algunas personalidades políticas y de medios de comunicación 'nacionales' ante el proceso soberanista catalán, constituye un tercer ejemplo de un Estado autoritario, imperial, rancio, sin estructuras verdaderamente democráticas, que no se corresponde con la democracia que dice practicar. Palabras como "Si no fuera porque en el País Vasco nos mataban, lo de Cataluña es peor" (Rosa Díez, 22 de octubre 2014), o bien "Es igual de democrático imponer la voluntad por la violencia que por las urnas" (Alfonso Alonso, 21 de març 2014), y otras mil expresiones que se oyen a diario en sede parlamentaria, en mítines o en tertuliuas de medios de comunicación, merecerían en cualquier país democrático la intervención del mismo Fiscal general del Estado. La suerte, o mejor la verdadera fuerza del proceso catalán es que opone a todo ello alegría, esperanza, compromiso, convencimiento, hastío, denuncia pacífica y razonamiento Es el mundo al revés, y es comprensible que muchos ciudadanos -como yo- no quieran fpormar parte de un Estado donde votar es ilegal y lo que es legal es no votar.

De todo ello, y mucho más, solamente puedo extraer una conclusión: el Estado español, sea cual sea la deriva de acontecimientos de los próximos meses, necesita imperiosamente un repaso a fondo y una re-visita a todos los dramas que permanecen bajo la alfombra de la Historia.

sábado, 13 de septiembre de 2014

España, un Estado ajado (1)

En estos últimos dos años estamos asistiendo con creciente preocupación a algunas de las consecuencias más notorias de las decisiones que se tomaron al final del franquismo. La ausencia de ruptura con la dictadura supuso que la cuerda de los poderes fácticos no se tensara en demasía, a cambio de iniciar un período de "democracia con muletas", alternancia en el gobierno de la cosa pública, mantenimiento de las mismas élites económicas y sociales y aceptación de las hipotecas necesarias para ser reconocidos en la escena internacional (especialmente la Unión Europea y el vergonzoso ingreso en la OTAN).

La primera consecuencia de todo ello es que no ha habido un proceso auténtico de reconciliación entre las dos Españas, una fase de 'conocimiento de la verdad / las verdades', previo al arrepentimiento y perdón reales, y por eso no se ha construído un verdadero proyecto de nuevo Estado en todo este tiempo. Se trata de un hecho verdaderamente grave, porque ha dejado desprotegida a una parte de la sociedad, a quien se ha escamoteado la memoria histórica, quedando además impunes (no conocidos, no reconocidos y no perdonados) los crímenes de un régimen vencedor de un golpe de estado. Hoy, las nuevas generaciones no pueden comprenderlo y constituye el principal factor de deslegitimación de la transición.

La segunda consecuencia ha sido que la sacralización de las leyes promulgadas en el período 1976-1982 configuran un Estado rígido, ajado, anticuado y con poco aire. Se hizo como moneda de cambio para dar cobertura a un 'nuevo régimen' no tan nuevo: a partir de la aceptación de toda la legislación anterior, cambiando solamente aquello imprescindible -lo primero, la Constitución- para homologar el país a una democracioa europea y adaptando el resto del corpus legislativo. Hoy, como puede comprobarse en el proceso soberanista catalán o en las demandas del movimiento 15-M, ése caracter quasi sagrado ya no se sostiene porque sectores importantes de la sociedad demandan legalidad con legitimidad democrática.

La tercera consecuencia de "lo único que pudo hacerse en la transición" (como repiten numerosos protagonistas de aquellos años) ha sido que los trescientos apellidos ilustres del franquismo, añadiendo doscientos más de una clase política acomodaticia, son hoy los que dominan las esferas económica, política y social del Estado, apellidos que han demostrado muy poco apego por la democracia real, participativa y muy poco apoyo a las organizaciones civiles.

"De aquellos polvos estos lodos": Las mismas élites, con leyes sagradas y aparentemente inmutables, sin haber hecho examen de la realidad en ningún momento, son sin duda una mezcla explosiva y un caldo de cultivo propicio para la corrupción, el clientelismo, el populismo y la homogeneización.

En una próxima entrada expondré tres ejemplos, muy recientes, de este desaguisado que requiere una regeneración profunda y general.

jueves, 28 de agosto de 2014

Rabia, impotencia, perplejidad

Europa y el Próximo Oriente hierven de conflictos armados históricamente mal resueltos, en un momento de búsqueda de un "nuevo orden internacional" (léase un nuevo desorden, con dominadores y dominados), cuando la comunidad de naciones se aferra a un juego de equilibrios de fuerza y mal llamadas soluciones militares -es decir, puramente violentas- en una espiral que nunca termina: Bosnia (nuevamente en fase de pre-ebullición), Iraq, Siria, Israel, Ucrania, ... Horrores que nos parecían superados se repiten un día y otro. ¿Por qué y hasta cuándo?

Los humanos tenemos cada vez más información, más interconnexión, más interdependencia, más capacidad tecnológica i más posibilidades materiales y culturales para disfrutar del planeta, pero seguimos empecinados a resolver nuestras diferencias de una forma demostradamente inútil, poco duradera, cruel e inhumana. ¿Hasta cuándo el uso de la violencia no será denunciado y proscrito masivamente por la ciudadanía, que vive la pesadilla sin llegar a creérsela?

A escala personal nos preguntamos qué es lo que nos permite cerrar los ojos ante tanto sufrimiento, tanto horror como vemos y oímos, cuáles son las claves de la impotencia que nos paraliza. A escala global, nos preguntamos también qué puede haber detrás de la impotencia de gobiernos y organizaciones internacionals, incapaces de resolver los conflictos de una manera duradera y justa.

Por supuesto que las respuestas son complejas y variadas, seguro que no hay una receta milagrosa, pero creo que hay dos factores que son determinantes y actúan de freno a cualquier alternativa a la violencia como forma de resolver los conflictos.

En primer lugar el predominio, cada vez más acusado y vergonzante, de la economia sobre la política, de las grandes finanzas, del lucro, de la riqueza por encima de cualquier otra cosa. Eso está otorgando un poder quasi ilimitado a una élites económicas que no "viven en la sociedad" sino en su mundo, que siguen sus propias reglas y marcan las de los demás, que actúan de espaldas al sufrimiento humano y condicionan a la clase política hasta cotas inimaginables hasta ahora: todo se compra y se vende -también los cargos políticos-, el verdadero liderazgo mundial está en manos de personajes ricos y triunfadores que hacen y deshacen:  Mientras tanto, la clase política mundial ha perdido la iniciativa para regular los mercados, para poner límites al lucro, redistribuir la riqueza generada entre todos y todas y para ordenar la vida pública. Cada vez está más claro que los políticos que permiten la venta masiva de armamento a quien convenga, que  negocian acuerdos internacionales de espaldas a la ciudadanía o aceptan impotentes una mala solución a un conflicto antes permitido y a veces alimentado de lejos, no nos representan. Cada vez está más claro que los intereses económicos están en la base de la geoestrategia y que ésta ya casi no tiene en cuenta más límites que evitar el lucro ajeno.

A mi entender es necesario, de forma urgente, devolver la centralidad a la política y cortar de raíz la 'puerta giratoria' entre la política y las finanzas, de forma que puedan rebrotar nuevos liderazgos políticos, capaces de servir con independencia de criterio a los intereses públicos.

El segundo factor que impide la solució dialogada y no violenta de los conflictos es que la cultura de la violencia se ha instalado en nuestras vidas como si formara parte de nuestro ADN.  Desde los juegos hasta las relaciones parecen basadas en la violencia como la forma más natural de vida. La competencia parece más saludable que la cooperación. El triunfo personal está en vías de sustituir al bienestar grupal, y la "buena convivencia" parece basarse cada vez más en la imposición de un orden social injusto que la mayoría tiene que aceptar porque "es lo que hay" (frase peligrosa donde las haya, por su capacidad paralizante y de conformidad con la injusticia).

En este sentido quizás conviene recordar que el conflicto no podemos evitarlo, forma parte de nuestra condición humana, pero que la violencia como forma de resolverlo sí que es evitable. Lo recordaremos una y otra vez.